De Pati Doménech.

A un lado de la escena un montón de arena,
 que representará la acrópolis, lugar de sacrificios, etc.
Al otro, una pila de cantos rodados. Cueva etc.
El centro del espacio, sembrado de hojas secas.

ESCENA I

Oscuro. Música. Antigona,  de rodillas en el centro del escenario, enciende una vela, o una pequeña fogata. Esta realizando una invocación, con ayuda de algunos elementos, agua etc. Lleva una mascara ritual en el rostro, que representa un ave, un buitre, quizá. Cubre sus ropas con  una especie de guardapolvos y de su espalda caen unas alas de tela. Si es necesario lentamente un foco cenital la iluminará.
La música se funde con una voz en off masculina:
El odio se cierne como un espantoso sol detenido. La innoble ciudad no tiene secretos: todo sucede de día. La sombra baja a ras de las casas, al pie de los árboles, como el agua in­sípida al fondo de las cisternas. Los transeúntes parecen sonámbulos de una in­terminable noche blanca. La gente duerme de día, ama de día. En la ciudad, que  ha convertido en crimen todo lo que es diferente, en castigo cualquier malentendido, los corazones están tan secos como los campos. Tanta sequedad llama a la sangre.

Percusiones, iluminación general.
Antigona, ya sin máscara arrastra un artefacto/ataúd adornado con flores,  y del que cuelgan diversos objetos,  tales como una jaula, tapada con un velo, que luego utilizará, además de numerosos pequeños elementos sonoros.
MEDIA LUZ, BLANCA Y VERDE

Antígona: (Parece cansada, mayor)
¿Hemón?, ¿Juan?,….. Lucia….Edipo….. Manuel…. Ismene…. ¿Hay alguien ahí?....¿alguien me escucha?.... Hemón… Creonte….Silencio….
¡Otra vez aquí!. Transcurren los años, cambian los escenarios, los detalles del paisaje se desdibujan con caprichosos trazos, las personas y sus nombres son otros. Pero la historia es siempre  la misma. Un polvo de tiempos remotos se eleva tras mis pasos en los mismos  caminos olvidados.
¡Otra vez aquí!, Mientras, gira la noria del eterno retorno, como una rueda de la fortuna trucada en la casilla del ahorcado.
Marchar , siempre partir, huir quizá para regresar de nuevo,  ¡aquí!....Una y mil veces, ¡aquí! Perseguida o perseguidora, quien sabe ya.
Y cuantos cientos de antigonas deben morir todavía, cuantos Etéocles y Polinices derramar su sangre aún en las urbes marcadas por los espejos rotos.
Viejos y niños, o jóvenes con las cuencas de los ojos negras de miedo y mirando al vacío de una impasible muerte, me esperan erguidos y rígidos en las cunetas.

Se quita el polvoriento guardapolvos que sacude al aire, (talco) abre el ataúd  y dentro se muestran algunas  cabezas que utilizará en diferentes momentos para representar su historia.

Y vosotros, viejos retratos de mi memoria, escupiendo siempre  tierra de entre los dientes para  articular de nuevo las palabras de la tragedia.

 (Toma la cabeza de Ismene en las manos y la acaricia)

Ismene,  las hermanas juntas como corresponde a los lazos de la sangre.

Recuerdo como pasó todo, siempre ocurre  de la misma manera,  por eso la sangre sigue corriendo. Y por las mismas razones.
Lo único que no recuerdo bien, es si yo soy  realmente Antigona, o solo la represento en escena, como una actriz condenada a ejecutar siempre el mismo papel heroico, recordada por sus gestos, hasta que ni ella misma sabe si son sus propios ademanes, o los del personaje.
Antigona, (susurra) Antigona, (ahora como llamándola) cuando pronuncio mi nombre la maquinaria escénica se pone en marcha (percusiones)  y ya no hay quien la detenga. Nadie hay que diga ¡Basta!. Pero sucederá, algún día la vieja maquinaria de la muerte, desasistida de amor, alejada de las blancas palomas, como un navío carcomido por el espanto, se hundirá para siempre.

Sonido de maquinaria que arranca, batalla etc., de fondo. Antigona parece escuchar atenta).

Recuerdo, recuerdo, recuerdo. …Esa terrible mañana, mi destino me sorprendió como sorprende el mar a la roca. Apenas pude exhalar un ultimo suspiro de inocencia, antes de que el aire se hiciera para siempre espeso  y cada respiración un triunfo de la voluntad.
Recuerdo, recuerdo que fui en busca de mi hermana.

LUZ DIA.
LUCES OCRES, AMARILLO SUCIO. HASTA LA ESCENA VI

Antigona ahora, se ve mas joven, trasladada a un tiempo más vital y dinámico.
Descuelga un caldero metálico del artefacto. Coloca en algún lugar la cabeza de Ismene. Un pequeño foco en el suelo ilumina apenas la cara de la actriz, que llena el caldero de hierro,  con arena, mientras habla.

ESCENA II
 
Antígona: Ismene, Ismene…  Ismene.
Entre tanta desgracia solo tu presencia me alivia. Nuestros hermanos, empujados a una guerra bárbara e inútil, como todas las guerras, han perecido. Etéocles cayó en el fragor de la batalla, convencido de la obligada bondad de sus ideales.
Polinice recogió su ultimo aliento y percatándose de lo absurdo de la injusta contienda que Creonte impulsa para alimentar al poder, trató de volver a la ciudad para exigir la paz entre los pueblos.
Viendo esto Creonte, le llamó traidor y cobarde, mientras con su espada le arrancaba la vida.
Creonte ha juzgado digno de honores sepulcrales a Eteocles.  Su cadáver oficial, ha sido momificado en la mentira de la gloria.
Polinices sin embargo, que aun estando muerto, existe igual que el dolor,  se pudre al sol por orden del tirano.
En un bando, Creonte  prohíbe  que se le dé sepultura. El que desoiga esta orden, será reo de muerte, y públicamente ajusticiado.
Ismene, solo nos queda hacer honor al humillado y enterrarlo.
Ya se que solo somos mujeres, y que nadie espera que desafiemos al poder, pero como puedo callar a la fiera rabiosa que arañando sale de mis entrañas y sin consuelo grita. Si, grita.
Mis hermanos son  para mí ahora, un sobresalto de dolor, como antes lo fueron de gozo.
¿Por qué vacilas?. Tu mirada se torna sombría. Ya veo. Las palabras que no salen de tu boca, pero que tu rostro dice, hablan de la soledad que hoy tendré por compañía. Vivimos un tiempo de seres solitarios, desterrados de si mismos, desorientados en las  frías ciudades de la luz.
No te juzgo hermana, debes representar el papel que tu misma elijas en esta historia. Yo, me dedicare al desterrado, como si  la desgracia fuera un juicio de Dios, que los encumbrados tienen siempre quien les lloré.
Voy a enterrarle,… (Nuevas percusiones. Antigona se levanta)
Y si la muerte es el castigo por obrar con dignidad, que llegue con silencio y palabras de arena, con voces acalladas en desiertos de negra sal.
Voy a cubrir de tierra a mi hermano hasta darle sepultura.

ESCENA III

Luz amarilla cenital fuerte.
Antigona se dirige en busca de Polinice.
Percusiones, Se escucha el bramido de Creonte, que se revuelve desde el ataúd. Antigona  se detiene e interrumpe su transito al escuchar la voz en off de Creonte.

Antigona se mete por debajo de la tela que sirve de vestido a la cabeza. Esta tiene un tubo de medio metro que eleva su altura. Se escucha grabada siempre, la voz distorsionada de Creonte.

Creonte: Ciudadanos, la nave del estado, que la tempestad de la guerra puso a la deriva, demanda todo nuestro esfuerzo para permanecer alertas a las amenazas de nuestros enemigos.
En este difícil momento, en que una nueva página de la historia se abre, y nos pide expectante que con mano firme escribamos su futuro, me propongo contribuir a  la grande­za de la nación. Nuestra cruzada contra el eje del mal, liberará a los pueblos oprimidos. Pero en esta lucha caerán algunos de los nuestros.
Etéocles, que en la defensa de la ley y el orden perdió la vida, ha sido enterrado con los más altos honores que el estado otorga a sus mártires.
Pero a su her­mano Polinices, que cobardemente huyó para pedir el fin de la guerra, dejaré insepulto, ya que en esta tierra no se honra ni con tumba, ni con lágrimas a los criminales. Vamos a barrer, con la ley en la mano, a los delincuentes de las calles.
Nunca tendrán pues, el honor que corresponde a los  defensores de la patria.

Antigona, deja el fantoche de Creonte ensartado en un mástil.
En off: Y si alguien desoyera mi edicto, premiado será con el más horrible de los castigos. "O están con nosotros o contra nosotros".


ESCENA IV

Cenitales con gobos circulitos irregulares.
Sonido de tambores. Música.
Antigona reinicia la marcha interrumpida.

Antigona: ¡Hermano!, Despojado, muerto, has alcanzado el fondo de la miseria humana. Te has muerto para siempre, como todos los muertos que se olvidan, en un montón de perros apagados.

Entre tinieblas, realiza un rito funerario en honor de  Polinices.
Esparce tierra sobre su imaginario cadáver.
 
ESCENA V
 
Percusiones.  Se escucha en off la voz terrible de Creonte

Creonte: ¿Mujer, que has hecho?, ¿como has podido atreverte a desoír mi mandato?

Antigona se encara al fantoche de Creonte. Un foco en el suelo proyecta su sombra enorme en el fondo.
Antígona: No creo  que tus decretos tengan tanta fuerza como para saltar por encima de las leyes no escritas, de aquellas que aspiran a un mundo de justicia, exento de odio y de venganza, cuya vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre.

Creonte: Me llenas de asombro Antígona,  en verdad que hombre eres, mucho mas hombre que yo. ¿Pero, porque este desatino?...

Antígona: Arrastrada por el peso de mi corazón, recorrí los bajos fondos del campo de batalla,  y reconocí a Polinice, por su desnudez expuesta como una siniestra ausencia de fraude. Por la soledad que le rodeaba, como una guardia de honor.
Me incliné so­bre él como el cielo sobre la tierra, como si fuese una urna vacía donde echar, de una sola vez, todo el vino de un gran amor.
A pleno sol, yo  era el agua pura sobre las manos sucias, la sombra en el hueco del casco, el pañuelo en la boca del difunto que soñó con una paz igual para todos.
Nadie puede matar  la luz; Creonte, sólo puedes sofocarla.

Creonte: ¡Loca!. Una doble arrogancia refieres, no solo las leyes transgredes sin mostrar arrepentimiento, sino que además te ufanas y muestras alegría por haberlo hecho.

Antígona: Puedes llamarme loca si quieres. ¿Loca?, ¡loca! (gritando) ¡loca!, pero será un loco, quien me pida cuentas de mi locura.

Creonte:
¡Traición!, ¡Traición!, Mujer insensata. Por mucha sangre que de tu familia, se haya vertido, no  podrás escapar de una muerte infamante.

Antígona: Si muero antes de tiempo por despreciar tus castigos, saldré ganando de tener este destino, mas soportable sin duda, que ver  la arrogancia de los poderosos someter a  pueblos  ajenos a una vida miserable, de terror y confundir al propio llamando a la disidencia traición.

Luz amarilla cenital fuerte sobre el fantoche
 
Creonte: ¡Calla!, no soporto mas tu insolencia. Mientras viva, no ha de mandarme una mujer.

Foco que  proyecta sombra.

Antígona: ¡No callaré!,  Beberé y seguiré sedienta, se quebrarán mis labios y mi lengua se transformará espesa en un animal mudo. Pero no callaré. Soy la voz de los ausentes, de los heridos, apagada en la inmensidad del dolor, mas viva y poderosa en el recuerdo. No callaré jamás Creonte.
(Pausa larga)
Nací para compartir el amor y no el odio. Pero el odio manda.
¡El resto es silencio!  Entre dientes, murmurando No callaré jamás, no

Creonte: ¡Silencio!?, Al silencio de las cloacas irás, al silencio sordo del olvido. Olvídate de mi hijo y de que un día fuiste su prometida. Si te quedan ganas de amar,  ama a los muertos.

Antigona:
Tus palabras no me agradan, ni podrían nunca llegar a complacerme; las mías también a ti te son desagradables.
¿Qué esperas, pues?...¡Aquí me tienes!: ¿o buscas aún algo más que mi muerte?

Creonte: Tratas de corromper con tus ideas los cimientos del estado actuando contra la ley, pero no he de permitirlo.

Antigona: No te engañes a ti mismo rey,  quien creerá tal embuste. Algunos te dirían que mi acción es correcta, si el miedo a perder una vida cómoda  y de suicida opulencia no les tuviera cerrada la boca: pero la tiranía tiene, entre otras muchas ventajas, la de poder hacer y decir lo que a uno le venga en gana, ¿verdad?. Sobre todo cuando paga tan generosamente la lealtad.

Luz amarilla cenital fuerte.

Creonte: Tu voz no agitará conciencias, no, y tus actos contra lo que conviene no servirán a nadie de ejemplo, te lo aseguro. Conocerás por propia voluntad, los rincones mas oscuros y siniestros de nuestro sistema.
¡Que oculten a esta mujer de mi presencia!.

ESCENA VI
NOCHE.
LUCES DE TONOS AZULES, PLATEADOS. HASTA EL FINAL
Música Klezmorim/Sedum
Antigona toma ahora la cabeza de Hemón. La besa.
 Le ilumina un cenital, junto a los cantos rodados.

Antigona: Hemón, amado mío. ¿Cómo un ser tan dulce, como tú,   puede descender de un padre tan amargo como Creonte. Hijo eres de la prepotencia, la manipulación y el orgullo. ¡Que ingenuos fuimos!, Nos hicieron crecer en un paraíso artificial coronado de alambradas, desde donde no se veía  despojar a los de fuera, sin permitirles nunca la entrada. Creímos que eso era la vida, y ahora, cuando alguien descubre el engaño también se le arroja fuera.
En aquellos días, trataste de explicar a tu padre, que el más sublime don que que posee el hombre es la prudencia.
Que yo, tu prometida, había sido condenada injustamente a morir por honrar a aquel que habiendo conocido los horrores de la guerra, deseaba la paz.
Que una velada petición de clemencia iba propagándose por la ciudad, que ya eran muchos los que no soportaban más tanta falsedad.
Pensar de una manera excluyente, ab­soluta, creyendo siempre lo propio como único cierto es estar pagado de vanidad. Y que no por repetir una mentira mil veces, esta llega a ser verdad.

ESCENA VII
Se escucha en off la voz de Creonte.
Luz cenital ocre azulada.
Ciclorama azul.
 
Creonte: Hemón, hijo, has perdido el juicio,  tú, juguete de una mujer.

Ahora antigona habla como si fuera Hemón.

Hemón/Antigona:
No puede, el mundo entero, ser solamente de un hombre. A ti, lo que te iría bien es gobernar, tú solo, una tierra desierta. 
No puedo dar por justos tus errores, padre, si no te conociera, diría que tú eres el que no tiene juicio. Hablar y hablar,  sin oír a nadie: ¿es esto lo que quieres?

Creonte: Escúchame bien, Hemón, ¡nunca te casarás con ella, al menos viva!.

Hemón/Antigona: Tú, que !solo! gobiernas este imperio, me condenas a la soledad. Morirá, ¡sola! también, como todos en este absurdo drama. Pero su muerte ha de ser la ruina de todos,…

Creonte: Que los hechos ratifiquen mi mandato. Lleven a esa mujer a un lugar que no conozca la pisada del hombre y, viva, enterradla en un subterráneo de piedra, poniéndole comida, sólo la que baste para la expiación, a fin de que la ciudad quede sin mancha de sangre.

Percusiones.

ESCENA VIII
Antígona deja la cabeza de Hemón, y desde el fondo, en zigzag avanza iluminada por las calles. Su ropa se ha transformado en una especie de traje nupcial, camisón.

MAQUINA DE NIEVE

1. Antígona: La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de mis cabellos.
No apartéis la vista, amigos y enemigos, aquí está Antigona.
Miradme bien. Destinada estoy al más oscuro abismo. Re­greso al país de las fuentes, de los tesoros, de las semillas subterráneas.

Se pinta los labios, maquilla, etc

Llevo en mi  boca una melancolía de pureza muerta, y en la copa de mi vientre, la araña que teje un velo infecundo. De mis manos blancas, cuelga la madeja de las ilusiones, muertas ya para siempre. Sobre mi alma, languidece la pasión hambrienta de besos de fuego. Y un amor de madre que sueña lejanas visiones de cunas en ambientes quietos, hilando en los labios lo azul de la nana. Como Ceres daría mis espigas de oro, si el amor dormido mi cuerpo tocara, y como la Virgen María, haría brotar de mis senos otra vía láctea. Me marchitaré como la magnolia. Nadie besará mis muslos de brasa. Ni a mi cabellera llegarán los dedos que la pulsen como las cuerdas de un arpa. Nadie me fecundará, mis besos plenos de silencio como tiene la noche, seguirán el ritmo turbio del agua estancada.


2. Antigona realiza una coreografía del deseo y la maternidad frustrados, ambientada con el tema musical de Anthony.
Sobre el fondo un foco Martins proyecta una imagen de agua.

3. Parto en búsqueda de mi estrella situada en las antípodas de la razón humana, que no podré al­canzar a no ser pasando por la tumba.
Antigona coge una soga del artefacto, y mientras habla, trenza un nudo de horca.
Así me consumiré, entre lluvia, frío, y mis ojos, ya piedra, siempre llorando, humedecerán mis mejillas. Y estaré entre las formas que van hacia la sierpe y las formas que buscan el cristal.¡Miradme bien! Mirad cómo muere Antigona, la rebelde,  desahuciada entre vivos y muertos por no acatar leyes de tiranos. Y mi destino quedará sin llorar, y mi muerte impune,impune,  como todas las muertes de los que nada valen. Sola y sin duelo, ¡maldita!, maldecida por los voceros oficiales, oculta en la morada de los olvidados.

Toma la jaula que cuelga del artefacto y tira del velo para descubrirla, dentro hay una pequeña muñeca que la representa con una soga al cuello.

Ya no podré ver, ese rostro sagrado de sol, nunca más. ¡Ay, tumba! ¡Ay, lecho nupcial! ¡Ay, subterránea morada que siempre ha de guardarme! Hacia ti van mis pasos de miserable muerte cubiertos.

Sostiene la jaula de un hilo y la hace girar, un foco refleja en el fondo el giro agigantado de la imagen.

Voy allí abajo, antes de que se cumpla la vida que el destino me había concedido; con todo, me alimento en la esperanza de que me quiera mi padre cuando llegue; sea bien recibida por ti, madre, y vosotros  me aceptéis, hermanos queridos, y todos aquellos que con injusta muerte me han precedido. Las personas prudentes no censurarán mis actos, no, porque nunca contra la prudencia, el sentido común y los derechos de los seres humanos hubiera asumido este doloroso papel. En esta guerra  de necios, no somos más que tristes y desarmados soldados, aterrados, y hambrientos, escondidos en una trinchera,  esperando un último aliento para continuar la eterna lucha contra la barbarie.  ¡OH tierra mía, ciudad de mis padres! ¡Ya  me voy, sin demora; miradme, ciudadanos; Miradme, también vosotros que soportáis la injusticia con indiferente desden. Vosotros que asistís impávidos al escándalo de atrocidades que desfilan ante vuestros ojos día tras día. Miradme bien, ¡OH mujer esbelta, maternal y ardiente! Virgen dolorosa que tiene clavadas todas las estrellas del cielo profundo en su corazón ya sin esperanza. Me voy, estoy triste: no puedo estar otra cosa, más que triste, pero no me dejaré morir como un animal abandonado y mudo, seré protagonista del último aliento.

La muñequita queda ahorcada al tirar antigona de una pequeña soga.
Quizá ella también realice después el ademán de ponerse la soga al cuello, aunque quedará en el rápido
Oscuro.

ESCENA IX
CICLORAMA AZUL  NOCHE
Sonido de tambores.
Cenital sobre la actriz que coge la cabeza de Tiresias, en realidad es un sombrero, cuyo sobre cuello tapa la cara de la actriz. Une a esto una falda tipo derviche, y unas voluminosas y amenazantes manos de goma. 

Realiza un corta danza derviche antes de continuar hablando, con un ligero efecto de flash.

Hay, Tiresias, tus huesos de adivino ciego no responden ya a tan frenética danza.

Las apariencias son vanos reflejos de la realidad,  girar ciegamente no es capricho del destino sino esfuerzo de la vanidad. Y aunque parezca seguro para un ciego, seguir al que ve, lo cierto es que detrás de el, puede caminar alguien mas ciego aún. Parece un acertijo, pero no lo es, verdad creonte, ya que así haces, acompañado de aquellos que te empujaron a llevar la guerra a tierra extraña.

No cerreis mas los ojos, mirad la madrugada de esta ciudad que tiene los pilares de lodo, que gime por las inmensas avenidas de cieno. No ignoreis el huracán de negras palomas que chapotea en sus aguas podridas. No veis por la ciudad gentes mudas, que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre. De seguir así, no habrá mañana ni esperanza posible.
Escuchad,
Yo conozco la guerra, ese rostro sin ojos y sin labios, esas ventanas muertas, … las conozco, las vi en el  frio Leningrado,  en Vietnam, en la ardiente Bagdad, en Sarajevo, en Nueva York,  en Madrid, en Latinoamérica.

¡Oídme!, ¡Se ganaran algunas batallas, pero la guerra  nos devorará a todos, vencedores y vencidos!.
¡ clamáis por el botín, pero los aviones que regresen, no vendrán rebosantes de riquezas,  sino cargados de muerte en negras bolsas de plástico.

Creonte, Como es posible tener aquí arriba  un muerto al  descubierto, mientras que a una viva has encerrado en una tumba. Si no desandas lo andado, de tus propias entrañas, darás vida a la muerte. Recapacita, pues, en todo esto. Que no es difícil equivocarse. Esto te aviso Creonte, y ahora me voy para que reflexionar puedas con sosiego.
Sonido de tambores
CICLORAMA  APENAS ROJO
Oscuro repentino.
Antigona se despoja de los atributos de Tiresias.

ESCENA X
Luz de contra.
Ventiladores a los que se sujetan largas cintas. Detrás de ellos focos, que presentan una imagen ligeramente intermitente.

Antigona:
Morimos. Y los responsables de estas muertes fueron  los vivos. Poderoso y pobre Creonte, señor de la desdicha, rey de la nada. Un muerto en vida también ahora pareces. Y aunque vivas con la dignidad y grandeza de un tirano; tu alegría pesa menos que la sombra del humo esparcida por el viento. Morimos. Y los responsables fueron los vivos. Hemón de su propia mano vertió su sangre. Airada protesta contra un padre sordo y egoísta. Recuerdo como pasó; he interpretado la escena cientos de veces por todo el mundo y en todas las épocas.
CICLORAMA  ROJO
Antigona sitúa en el espacio a los personajes y realiza sus gestos significativos.

Hemón llegó ante mi cuerpo inerte, colgado por el cuello, ahogado por el lazo de hilo hecho de mi fino velo, y  entre sollozos, decía: “Ay de mí, desgraciado, recorro el más aciago camino de cuantos recorrí en mi vida”.
Él,  caído a mi lado, me abraza por la cintura. Llega Creonte: se acerca, y le llama con quejidos de dolor: “Infeliz, ¿qué pretendes? ¿Qué desgracia te ha privado de razón? Sal, hijo, sal de esa oscura tumba, “te lo ruego”. Hemón le mira con ojos terribles al padre, le es­cupe en el rostro, sin responderle, y de­senvaina su espada. El padre, de un salto, esquiva el golpe: El hijo, vuelve entonces contra sí mismo su ira; y se inclina sobre la espada hasta  que la mitad clava en su pecho; sin fuerza ya , se abraza de nuevo a mi y allí queda, cadáver al lado de cadáver; que al final, logra su boda.

Cambio de luz contra,  a luz de calles. Se escucha la voz en off fundida con música, que cede protagonismo al  latido de un corazón.

Antigona recobra el semblante de la escena primera, mas maduro y cansado.
Vuelve a meter todas las cabezas en el ataúd, y  recoge los demás elementos.

Voz en off: En el silencio estúpido de la ciudad que duerme su crimen como una borra­chera, se precisa un latido que proviene de debajo de la tierra. El lento vaivén de la soga, vuelve a poner en movimiento toda la ma­quinaria de los astros.
El tiempo reanuda su curso al compás del reloj de Dios. El péndulo del mundo, su conciencia, es el corazón de Antígona.

Quieta en escena habla

Antigona: Ningún clamor se escucha. Nadie evitó de nuevo la tragedia.
La vieja maquinaria de la destrucción, renqueante y achacosa iniciará la marcha una vez mas, se escucharán sus últimos estertores quizá, al menos eso es lo que espero.
Se deja escuchar de fondo la marcha de semana santa.

Porque tampoco hoy sucedió nada extraordinario.

¿Hemón?, ¿Juan?,….. Lucia….Edipo….. Manuel…. Ismene…. ¿Hay alguien ahí?....¿alguien me escucha?.... Hemón… Creonte….Silencio.

El último acto se cerrará con la  habitual salida entre cajas antes del oscuro final. ¿Será esta la ultima vez  de un final tan repetido?....
Y mientras tanto, morimos, un poco más cada día.
Y los responsables de estas muertes son los vivos.


Sube la música y antes de iniciar la marcha se descubre en su espalda desnuda una cruz o algún otro símbolo funerario
 

En escena solo queda la jaula, apenas iluminada, antes de llegar el

Oscuro

FIN

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