
De Fulgen Valares.
Monólogo para dos voces
Es una calleja de una gran ciudad del cono sur.
Bolsas de basura, cartones, maniquís desmembrados, desperdicios.
Dos paredones que se estrechan hacia el fondo.
En el fondo, cierra la escena un paredón en el que se hacen jirones de papel unos cartelones oscuros. En la misma pared, bajo los carteles, a la izquierda del espectador, “Ella” colgó un espejo rectangular con el azogue desconchado. A la derecha del espejo, haciendo rincón con la pared derecha., un puerta metálica.
En primer plano, a la izquierda, se apoya contra la pared, y cierra la escena, un enorme bastidor de madera que tensa una tela cuya cara queda oculta para el espectador.
En primer plano, aplastado contra el suelo, a la derecha, un viejo, sucio y ajado peluche sin ojos ocupa el proscenio, inmóvil como un mastín manso. Tras el peluche, a su derecha, una muñeca de plástico, que remeda a una niña, tamaño natural, con su vestidito consumido y roto y las greñas de pelo artificial ralas y resecas. Junto a la muñeca, y siempre tras el peluche, se apilan unos bolsones negros que dibujan líneas curvas, orondas, rechonchas.
En el centro de la escena, dos figuras de mujer. Visten andrajos que intentar imitar la moda palaciega de la corte de Felipe IV con las varillas de un paraguas inventaron un miriñaque, con trozos de plástico de colores se hicieron flores que prendieron a los trapos o periódicos con los que fabricaron corpiños, faldones, enaguas, encajes -. La suciedad oculta casi sus manos y sus caras.
UNA busca algo entre bolsas de basura. ELLA la observa casi ausente. Luego ausculta el cielo en el rectángulo sobre ella.
ELLA: ¿Falta mucho para se haga de noche?
UNA: Sí.
ELLA: ¿Cuánto?
UNA: No sabes. Mucho.
ELLA: ¿Cuánto es mucho?
UNA: No va a llegar antes por más que te preguntes.
ELLA: Deberías ir preparándolo todo.
UNA: Apenas hay nada que preparar.
ELLA: Hay que cuidar hasta el último detalle.
UNA: Te lo sabes de memoria.
ELLA: ¿Están bien cubiertos los maniquís? Acuérdate de cuando se nos mojó la primera Mari-Bárbola. Tardaste meses en encontrar otra que te sirviera.
UNA: Tampoco ésta te sirve para mucho.
ELLA: Servirá. Terminará sirviendo. Tienes que estar segura de eso. No puedes perder la fe.
UNA: Cada vez es más difícil.
ELLA: La fe es lo que te mantiene.
UNA: Te mantiene la comida que comes.
ELLA: Deberías ocultarlos mejor. Tendrías que conseguir alguna sábana, o plásticos oscuros. Así como están se ven demasiado desde la avenida.
UNA: ¿Quién se va a interesar por estos cachivaches?
ELLA: Si los roban, o si se los llevan los basureros, tendrías que volver a empezar desde cero.
Ella se levanta. Asegura un pico de un plástico que cubre una cara de un maniquí, se cerciora de la posición del peluche, del gesto de la muñeca. Una la deja hacer unos segundos. Después desecha una lástima. Después intenta animar a Ella con una sonrisa mientras vuelve a las bolsas.
UNA: Todavía no has comido.
ELLA: No tienes hambre.
UNA: Siempre tienes hambre.
Ella mira hacia la avenida en la que desemboca el callejón.
ELLA: Todavía no han encendido las farolas.
UNA: Te digo que es pronto.
ELLA: Los días se te hacen eternos.
UNA: No hay nada eterno.
ELLA: Esta vida que llevas.
UNA: No hay nada eterno. También se acabará esta vida.
ELLA: ¿Y luego?
Ella y Una se miran. Ella no consigue dominar un vinagre triste en su mirada. Una sonríe y trata de mantenerse animosa, espantando un mal augurio, mientras vuelve a buscar en las bolsas.
ELLA: No quieras comer esa comida.
UNA: Es la única comida que tenemos.
ELLA: Son las sobras de los otros.
UNA: Apenas está estropeada. Acuérdate de cuando te dijeron que entre la gente que come en restaurantes es signo de buena educación dejar un algo en el plato. Fíjate en que ni lo tocan. Un hombre rubio invita a una mujer, la mujer pellizca un pedacito de carne, y luego deja el filete entero.
ELLA: Deberías preferir morir de hambre antes que aceptar las sobras de los otros. Cada vez que te comportas como una mendiga pierdes un algo más de tu dignidad.
UNA: Tu hambre es más grande que tu dignidad.
ELLA: Cuando un hombre pierde su dignidad se convierte en un animal, se rebaja a lo más ínfimo, pierde su esencia, su orgullo.
UNA: Tú no eres un hombre. Eres una mujer. Tu hambre es igual a la de cualquier hombre pero eres una mujer. Come. Si no comes te pondrás enferma.
ELLA: Ojalá. Ojalá enfermaras esta misma noche y la fiebre te llevara a la tumba, y ya no tuvieras nunca que ver las miserias y la degradación que llevas sufriendo durante los últimos quince años.
UNA: (intentando animarla para comer) Querrás estar sana para cuando vuelvas.
ELLA: Eres tú la que siempre dices que no vas a volver nunca.
UNA: Quizá mañana te despiertes en tu cama con dosel.
ELLA: Mírate. Mira la mujer que eres. Fea, engreñada, sucia. Si hubieras entrado en tu alcoba tal y como te ves ahora te hubieran echado a los mastines, no te hubieran permitido ni mendigar siquiera por los albañales del palacio. Los soldados te hubieran empujado, a ti y a todos los que fueran como tú, hasta los arrabales de Madrid. Jamás hubieran permitido que entraras en contacto con gente como tú. Y mira dónde encuentras ahora tu comida.
UNA: Come.
ELLA: No vas a comer esa comida.
UNA: (queriendo no escucharla) Hay mucho. Una porción de pizza sin morder siquiera. Queso, tomate, aceitunas, anchoas… Media hamburguesa marca Mcdonald, con un sobre de mostaza.
ELLA: Niégate a comer esa comida.
UNA: Cuando se acabe esta vida, comerás los platos que comías entonces, pero hoy no tienes otra comida más que ésta.
ELLA: ¿Lo dices sinceramente?
UNA: ¿El qué?
ELLA: No pienses que no te das cuenta. Hace meses que accedes a fabricar el cuadro sólo por no enfrentarte contigo. Has perdido la cuenta de los días que han pasado desde la última vez que te propusiste de verdad dormirte aquí para abrir tus ojos en el lugar que te corresponde. Sabes que lo sabes. Por eso ya no te atreves a sostenerte la mirada cuando te miras. Porque descubrirías que te has dado por vencida.
UNA: Te prometiste un día no darte nunca por vencida. Y no lo haces.
ELLA: (dura, definitiva) Ya no te avergüenza comportarte como una pordiosera.
Una mira a ella. Guarda o esconde la comida en las bolsas. Se acerca a Ella. Le toma la cara. Una entiende que Ella está al borde del llanto. Una abraza a Ella y pone en su voz todo su consuelo.
UNA: ¿Qué otra cosa podrías hacer?
Ella se deja mecer unos segundos. Luego separa secamente a Una.
ELLA: Arréglate.
UNA: ¿Qué?
ELLA: Arréglate. Hazte las coletas.
UNA: No.
ELLA: Mejor eso que la humillación de verte hozar en este estercolero.
UNA: (asustada) Se te va a echar la noche encima. Si quieres, mañana los buscarás de nuevo, pero hoy ya no va a dar tiempo.
ELLA: El sol todavía no está bajo.
UNA: Lo tapan los edificios. Te digo que ya está atardeciendo.
ELLA: Quieres pasar hambre. Quieres verte enferma.
UNA: No.
ELLA: Ahora pasan muchos hombres por la calle.
UNA: (volviendo a la basura) Quizá encuentres todavía algo que te guste. Es cuestión de buscar y de tener paciencia.
ELLA: Arréglate.
UNA: No quieras.
ELLA: Hazte las coletas.
UNA: Después del último sangraste. El dolor no se fue durante días.
ELLA: No pongas excusas. Te gusta verte pasar hambre.
UNA: No son excusas. Y sabes que sufres con tu hambre.
ELLA: Luego te pagó más.
UNA: ¡Porque creyó que eras virgen! No porque se compadeciera, no para que pudieras buscar un remedio…
ELLA: Ojalá sangraras siempre.
UNA: Sabes que no piensas lo que dices.
ELLA: No lo piensas. Pero comiste comida nueva.
UNA: ¡Aquí tienes comida más que suficiente!
ELLA: Busca tus medias.
UNA: No quieras. Por favor, no quieras. Hoy no.
ELLA: Hoy es un día como cualquier otro. Llama a los hombres rubios. No pierdas el tiempo con los otros. Los hombres rubios siempre pagan más.
UNA: (volviendo a la bolsa) ¿Y si encuentras algo de comida que te guste? A veces encuentras cosas muy ricas… yogures sin abrir, uvas, manzanas…
ELLA: No pierdas más tiempo. Si tardas, los hombres se irán con otras.
UNA: Siempre hay hombres. Siempre habrá hombres. Es como el agua de la corriente de un río. Siempre de paso, todos distintos a todos, pero siempre el mismo río de hombres que quieren lo mismo y que te hacen lo mismo.
ELLA: Debes mostrarte cariñosa con todos. Nunca se sabe cuando la suerte querrá volver a mirarte a la cara. Debes aprovechar cualquier oportunidad para que al menos uno de ellos comprenda que tú no eres una más entre las otras. Muéstrate inteligente, que vea en tus maneras la educación que heredaste de tus padres. Y cuando ese hombre se dé cuenta de quien eres, ese hombre entre los cientos que pasan querrá ayudarte, y te llevará contigo, y te cuidará para siempre.
UNA: Ninguno se parará para quedarse contigo. Ninguno tendrá tiempo para preguntarte, para escucharte...
ELLA: Tienes que seguir buscando al hombre que quiera cuidarte.
UNA: Tú no necesitas que nadie te cuide. Te tienes a ti.
ELLA: Te tienes a ti pero estás siempre sola y no tienes dinero para poder pagarte una buena comida.
UNA: (redobla la urgencia en la búsqueda entre las bolsas) Encontrarás algo que te guste.
ELLA: No te obceques. Busca la venda.
UNA: (ídem, exagerando la ilusión) ¡Un filete! Si le quitas los gusanos no se diferenciaría de una carne fresca.
ELLA: Podrías conseguir dinero. Si consiguieras dinero no tendrías que comer esa bazofia.
UNA: (ídem) Vas a darte todo un festín. Mira, han tirado toda la grasa de una chuleta, y quedan guisantes en esta lata… (ilusionada de pronto) ¡Mira!
ELLA: ¿Qué?
UNA: Has tenido suerte. Toda la suerte del mundo.
ELLA: ¿Qué es eso?
UNA: Está casi entero.
ELLA: ¿Qué es?
UNA: Cola de contacto.
ELLA: Pegamento.
UNA: Buscaré una lata.
ELLA: (un algo ansiosa) No tardes.
UNA: Ya no tendrás que arreglarte ¿verdad? Di que ya no tendrás que sonreír a los hombres rubios.
ELLA: Ya no tendrás que sonreír a los hombres rubios. La lata tiene que ser pequeñita, y busca un plástico.
UNA: Sí. Y ya no tendrás que sentir asco con la comida.
ELLA: Ya no vas a tener hambre. Date prisa.
UNA: Podrás hasta dormir.
ELLA: Todavía no es de noche.
UNA: Entonces nos quedaremos aquí, sentadas, viendo pasar a la gente con dinero que camina por la avenida, mientras esperamos a que se haga de noche.
ELLA: Y podrás hablar de la vida de entonces.
UNA: Sabes que no quieres oírte hablar de cuando entonces.
ELLA: Con el pegamento no te duele hablar de la vida de entonces. Cuando no duele, recordar es muy bonito.
UNA: Quizá deberías aprender a olvidar.
ELLA: No. No olvidarás nunca y así siempre sabrás quien eres. Y para cuando vuelvas, tendrás que saber quién eres y quienes son tus padres, y cual es tu ropa, y quiénes tus criados, y quiénes te sirven. ¿No querrás volver y no conocer a nadie?
Una vierte el pegamento en una lata. Encierra la lata en una bolsa de plástico y se la acerca a Ella. Ella la atrapa ávida. Acerca la boca de la bolsa a su nariz y su boca y aspira profundamente. Su gesto se relaja rápidamente. Una sonríe aliviada. Se acerca a Ella, se sienta en el suelo. Apoya la cabeza en el regazo de Ella. Ella le acaricia el pelo hirsuto. Sus voces se dulcifican.
ELLA: Recuerda que no puedes dormirte todavía.
UNA: No dormirás hasta que llegue el momento de dormir.
ELLA: Quizá hoy, sueñes cosas bonitas. Es importante que sueñes cosas bonitas. Y si consigues soñar las cosas de entonces, soñar de frente y sin miedos las cosas de entonces, te despertarás en tu cama con dosel, rodeada de tus meninas.
UNA: Hay recuerdos que se te hacen cada vez más borrosos.
ELLA: Debes esforzarte por recordar.
UNA: Son como las piezas de un rompecabezas que no eres capaz de encajar. Se te vienen a la memoria la forma de una ceja, un eco de una voz, un olor de un guiso, de pronto el mango de una cucharilla, pero eres incapaz de reconstruir el cuadro entero, de hacer que casen las piezas.
ELLA: ¿Quieres contártelo de nuevo?
UNA: No sé si quieres… está todo tan lejos…
ELLA: Cierra los ojos y escucha.
Ella comienza a acunar ligeramente a Una. Su voz es la de una madre bondadosa que cuenta un cuento a su niña pequeña.
ELLA: La vida entonces era buena. Naciste rubia y guapa y tus padres te querían. No habías aprendido aún a caminar y ya sabías que los criados humillaban la cabeza a tu paso. No te lo enseñó nadie, no era una lección necesaria. Todo obedecía entonces al orden natural de las cosas. Los que nacieron pobres y feos mendigaban por las calles y tu padre te explicaba que la caridad era un don que nos dio Dios para mantenerlos, y así hacernos merecedores del cielo. Y los pobres humillaban la cabeza y decían “dios se lo pague”, porque no eran como los pobres con los que ahora te cruzas. Los pobres de entonces entendían el orden, el nacimiento que pone a cada uno en su sitio.
UNA: No hables de la pobreza.
ELLA: ¿Qué quieres escuchar?
UNA: Los vestidos.
ELLA: Tenías a tres criados y dos camareras que se ocupaban sólo de vestirte. Los hilos eran siempre del oro que llevaban desde este país de miseria, las sedas venían de oriente, los rasos de Italia. Era todo un trabajo, ¿no te acuerdas? Debías cambiarte al menos tres veces al día, porque el orden era importante, y la decencia, y el saber estar. El morado liviano para tus clases de música y danza, el bordado en azabache para la comida, el dorado que se deshacía en un vuelo de diamantes para la cena.
UNA: ¿Y la comida?
ELLA: Todavía hay mucho más que hablar de los vestidos.
UNA: Habla de la comida.
ELLA: ¿Tienes hambre?
UNA: No. Tú sólo habla de la comida. De cómo era.
ELLA: Era siempre una fiesta. A Europa no sólo llegaba el oro de este mundo de miseria, también comidas nuevas que cocinaban esclavas que llegaban con los barcos. Las mesas se extendían metros y metros. Había tanta comida que la mayor parte acababa en los comederos de los perros o se repartía desde los conventos entre los pobres. ¿Recuerdas el faisán, el venado, la perdiz escabechada, el cerdo? Las ostras que nos traían desde La Coruña, la piña tropical desde el Caribe, las recetas de los dulces hojaldrados que dejaron los moriscos antes de que tu abuelo los expulsara.
UNA: ¿Por qué los expulsó?
ELLA: Porque España eras tú y no los moros. Porque España no era su sitio. Como no es tu sitio este país de miseria, y no te corresponde a ti el hambre que sufres.
UNA: No te pongas triste.
ELLA: ¿Quién te puso aquí?
UNA: No pienses en eso.
ELLA: No te corresponde a ti la vida que llevas.
UNA: (intentando animarla) Cuenta lo de las jornadas de caza. Siempre te alegra hablar de los días de caza.
ELLA: ¿Por qué despertaste aquí si tu vida era buena?
UNA: Sonaban los cuernos y las realas ladraban entre las jaras y los brezos…
ELLA: ¿Qué mano te hizo que crecieras en este estercolero?
UNA: … y de pronto, aparecía la cornamenta poderosa y osada de un ciervo y detrás los criados…
ELLA: No te corresponde a ti esta miseria. Para la podredumbre están los otros, los que no conocen otras vidas, los que nacieron en la zahúrda, los que vieron borrachos a sus padres, los que nacieron en este país de miseria que ni siquiera existía hasta que lo descubrimos.
UNA: No hables así. Quizá esta calle sea ya tu único sitio.
ELLA: ¡Tu sitio no es esta calle de este país de miseria! ¡Podrá ser el lugar para otros, para los que te roban, para las piojosas, para las vacaciones de los hombres rubios, para la policía…!
UNA: No hables de la policía, por favor.
Ella ha quedado muda, pensativa. Una se arrepiente de no haber callado.
UNA: ¿Quieres más pegamento?
ELLA: ¿Falta mucho para que se haga de noche?
UNA: (dándole la lata) Huele. Te hará bien.
ELLA: (rechazándola) ¿Cuánto falta para que se haga de noche?
UNA: Duerme ahora.
ELLA: Ahora es de día.
UNA: Huele.
ELLA: ¿Cómo fue? ¿Por qué tuvo que ocurrir?
UNA: No lo pienses. Lo has pensado otras muchas veces y no has conseguido nada.
ELLA: ¿Cuándo apareciste aquí?
Una piensa una respuesta a la vez que con un gesto, hace que Ella le siga acariciando el pelo.
UNA: Es extraño.
ELLA: ¿El qué?
UNA: Nadie recuerda cuando fue la primera vez que supo era alguien. Nadie sabe que puede ser alguien hasta que se enfrenta a su imagen en un espejo y ya no sabe quién es el que piensa las cosas que piensa. Intentas hablar con tu reflejo, empleas toda tu vida hablando con tu reflejo, y tu reflejo eres tú pero sabes que no eres tú. Y de pronto, tu reflejo te dice un día que llevas aquí desde siempre, no sabes desde dónde, ni por qué mereces esta miseria, ni quien te puso en esta miseria, pero esta miseria eres tú aunque tú no la hayas merecido. Aquí te pusieron y desde aquí tendrás que edificar tu vida. Y por más que el espejo te diga no eres tú no eres tú no eres tú, tú eres la que se refleja en el espejo.
ELLA: Pero tú sí sabes quien eres. Tienes la vida de entonces.
UNA: Si pudieras borrarla de tu memoria serías más feliz.
ELLA: ¿Serías más feliz si eliminaras todos tus buenos recuerdos?
UNA: Sabrías menos. Y aceptarías que la vida que llevas es la única vida posible.
ELLA: ¡Y la aceptarías como algo natural, como algo lógico! Igual que lo hacen todas las otras.
UNA: Quizá también las otras sueñen con vidas diferentes.
ELLA: ¡Tú no sueñas, ¿me oyes?! Tú recuerdas para no desprenderte de tus raíces. Tú no eres como las otras… Las otras nacieron en esta zahúrda. No pretendas que se te igualen.
UNA: Quizá tú seas una más entre las otras.
ELLA: ¡No vuelvas a decir eso nunca más! Tú tienes un pasado benigno. Naciste para ese pasado. No eres como ellas.
UNA: (enfrentándose a Ella) No eres como ellas pero no sabes decirte quién eres.
ELLA: Pero sabes decirte quién eras.
UNA: (dura) ¿Quién eras?
Por un instante, Ella mira a Una como quien mira a una extraña. Una le rehuye luego la mirada.
ELLA: Don Diego pintaba un cuadro para tu padre...
UNA: Ésa ya no eras tú.
ELLA: Don Diego pintaba un cuadro…
UNA: (condescendiente, dolorosamente cariñosa) Ésa ya no eras tú.
ELLA: Don Diego pintaba un cuadro para tu padre...
Ante la tenacidad sorda de Ella, Una se siente a su lado y aspira de la lata. Sin atreverse a tocarla, la acaricia todo lo que puede con la mirada.
ELLA: …Habilitaron una sala amplia en palacio, con mucha luz, para que don Diego pintara el mejor de los cuadros que causaría sensación en toda Europa: La familia de Felipe IV… Tenían prohibido a todo el mundo que se entrara en esa estancia sin permiso previo. Nadie podía interrumpir el trabajo ni la concentración del pintor. Pero a ti las prohibiciones no te alcanzaban. Tú eras la infanta Margarita, la luz de los ojos del monarca, la alegría de la casa, y nadie osaba siquiera tocarte un cabello. Tus caprichos eran órdenes. Por eso nadie te detuvo cuando, rodeada de todas tus meninas y bufones correteaste por los corredores del palacio hasta llegar a la sala de trabajo de don Diego. Y entones - ¿te acuerdas? don Diego te miró como un enamorado, y dijo, “ya sé cuál es el cuadro que quiero pintar”. Y todos los bosquejos anteriores se quemaron en las estufas, y todo el trabajo y todas las tareas se centraron sólo en ti. Y por ti posaban, y por ti se confeccionaron trajes nuevos para que aparecieran en el cuadro, y durante semanas no se habló de otra cosa en los corrillos de palacio que no fuera el nuevo cuadro de la infanta.
UNA: Pero luego…
ELLA: Pero luego, una noche, cuando todos se fueron de la sala de trabajo, exigiste volver a la estancia y que te dejaran a solas…
UNA: Ojalá nunca lo hubieras hecho.
ELLA: … Y entonces te acercaste al cuadro, en el silencio de la estancia vacía, en mitad de la noche, y te detuviste ante tus ojos de cinco años en el lienzo, iluminados por tu linterna, y te viste a ti mirándote. Y supiste que mirabas diferente a todos. Que eras el centro de tu mundo y el centro del mundo de todos. Que el mundo se había hecho para tu regalo. Y te mirabas desde el cuadro sabiendo que quien te miraba era superior a ti misma, eterna como tú nunca lo serías. Sabías que todos te obedecerían, que nunca pasarías hambre, que el futuro te esperaba cuajado de días felices.
UNA: Así debía ser.
ELLA: Así debía ser. Para eso habías nacido.
UNA: Para la felicidad, para una vida blanda y alegre.
ELLA: Para la ausencia de problemas, para las alcobas barridas, para las sábanas de holanda que huelen a jabón.
UNA: No te pongas triste.
ELLA: Y luego ya estabas aquí, en este país de miseria, desde no sabías cuánto tiempo. Como si hubieras muerto para ellos sin tú saberlo, y hubieras nacido aquí para nadie sin saber cuándo te parieron.
UNA: No te pongas triste.
ELLA: No has nacido para llevar esta vida no has nacido para llevar esta vida no has nacido para llevar esta vida.
UNA: No llores.
ELLA: Entonces la pobreza no existía, ni el hambre, ni la suciedad.
UNA: (levantándose decidida) Hoy comprarás jabón.
ELLA: (pidiéndosela con un gesto) Huele un poco más. La lata.
UNA: Mereces comida nueva de una tienda.
ELLA: Para eso hace falta dinero.
UNA: Tendrás dinero. Hay muchos hombres por la calle.
ELLA: No es necesario que lo hagas.
UNA: Me duele demasiado verte tan triste.
ELLA: Huele más pegamento.
UNA: Hoy el pegamento te ha puesto triste.
ELLA: Siempre te pone triste.
UNA: Pero luego sonríes. Y ya no piensas. Pero hoy no has querido dormirte cuando hablabas de lo de entonces. Y sigues teniendo hambre.
ELLA: No quieres exigirte que vayas con hombres.
UNA: Entonces pasarás hambre.
ELLA: Olerás pegamento y ya no tendrás hambre.
UNA: Comprarás ropa nueva. Tendrás una muda limpia. Ropa interior blanca, de algodón. Una ropa que no ha usado nadie antes.
ELLA: Podrás comprar todas esas cosas…
UNA: Podrás comprar jabón. Podrás lavarte.
ELLA: … Podrás lavarte...
UNA: Ya no olerás a pordiosera.
ELLA: Podrás volver a acariciar tu piel sin sentir asco.
UNA: Ya ni recuerdas cómo era tu piel.
ELLA: (seducida por el recuerdo) Era blanca y tersa. Con un suave arrebol en las mejillas. El cabello de oro, las manos frágiles y delicadas. Te perfumabas con esencias...
UNA: Podrás comprar comida buena, pan blanco, leche…
ELLA: … Marcela trajinaba con las trotaconventos y luego intentaba ocultarte las historias de hombres seducidos con elixires, con encajes, con pañuelos impregnados de perfume… pero tus ojos de niña adivinaban ya las alegrías de los galanteos de palacio…
UNA: …comprarás una naranja, una banana de las que se venden en cestas en las tiendas…
Las dos mujeres se miran. Ella acaricia el brazo de Una.
ELLA: Busca a los hombres rubios.
Una se acerca hasta el espejo del fondo. Mientras sigue la conversación, intenta aniñar su aspecto. Se desnuda de sus ropas de cintura para arriba y con una tela hace una venda para aplastarse los pechos. Vuelve a vestirse. Frente al espejo se hará dos coletas que sujetará con lazos de colores. Encontrará dos calcetines que fueron blancos con el elástico justo por debajo de las rodillas.
ELLA: Busca la venda para tus pechos.
UNA: La venda te hace daño. La aprietas tanto que casi no puedes ni respirar.
ELLA: Los hombres rubios no vienen a este país de miseria buscando pechos.
UNA: Buscan niñas.
ELLA: Y tú hace muchos años que no eres una niña. Cíñete la venda. Esconde que ya eres una mujer.
UNA: Lo descubren cuando te tocan.
ELLA: No permitas que te toquen.
UNA: Pagan para tocarte. No le puedes exigir a un hombre que no te toque por debajo de la ropa cuando paga. No le puedes pedir que tenga cuidado, que no te haga daño. Y si descubre que mientes, que eres una mujer, que tu rajita hace años que es oscura, que tus pechos quedaron fláccidos después de tus abortos, entonces no te paga, y te golpea.
ELLA: Píntate los labios. Les gusta llamarte putita cuando te ven maquillada.
UNA: Tu cara ya no tiene doce años.
ELLA: Tampoco tu cuerpo. Pero suelen estar lo bastante borrachos como para no darse cuenta.
UNA: A veces sí se dan.
ELLA: Apriétate más la venda.
UNA: Habrá que hacer algo con la rajita.
ELLA: ¿Qué le ocurre a tu rajita?
UNA: Es demasiado peluda. Los hombres preguntan cuando la ven tan peluda. Las niñas no tienen pelo.
ELLA: Habrá que encontrar unas pinzas. O podrías quemártelos.
UNA: Algo habrá que hacer.
ELLA: Deberías lavarte la cara.
UNA: No tienes con qué lavártela.
ELLA: Pellízcate las mejillas. Sonríe. ¿No sabes sonreír?
UNA: A algunos les gusta más cuando no sonríes.
ELLA: Ve a buscarlos.
UNA: Pasan muchos por la avenida.
ELLA: Llámalos.
Una se acerca a la bocacalle. Ella se sienta y gira el rostro para no verla. Una busca con la mirada por la avenida. Luego se detiene un segundo. Luego adopta un gesto aniñado, falsamente coqueto. Sonríe queriendo parecer pícara. Habla hacia la avenida.
UNA: Señor… señor, ¿qué busca? ¿Alemán? ¿Doiche? ¿Inglis? ¿Yanki? Ven Yak, cam jiar, yak, yo buena chica, muy niña, mira, yak, tengo tetitas pequeñas, yak. Mi rajita estrecha, rajita de niña, yak. Boquita de niña, yak. Yo chupo ti. ¿Du yu laik mi, Yak?
ELLA: (sin mirarla) Ve con él, te está esperando.
UNA: ¿Cuánto? Poco money conmigo, yak. Yo muy darlin contigo, yak. ¿No, yak? Aim jonei. Doce años. Yo no regla. Yo niña.
ELLA: (después de inhalar pegamento) Ve con él.
UNA: Espera yak, yo contigo.
ELLA: No te vayas muy lejos.
UNA: Le llevaré donde siempre.
ELLA: Que pague el cuarto el hombre rubio. Que el hombre rubio hable con él.
UNA: Nunca pone problemas mientras se le pague.
ELLA: No tardes mucho. No te gusta quedarte sola.
UNA: Estamos siempre solas.
ELLA: No te gusta quedarte sola.
Una sale de escena en busca del hombre. Ella mira un segundo a su alrededor. Siente miedo. Inhala un algo de la lata. Después extiende su mano como si un hombre se la hubiera cogido. Se pone de pie como si caminara junto a un hombre. Su gesto y su voz serán siempre neutros, casi sin inflexiones.
ELLA: Por aquí, yak… No lejos…. Aquí…. Jótel barato… tú pagas cuarto… no problema, tú hablas con hombre de jótel, tú pagas y hombre no llama policía… no problema… por aquí, yak… llama tú a la puerta, yak.
Ella mira como quien entra en una habitación.
ELLA: Éste, cuarto. Buena cama, sábanas no sucias, todos los días cambian…
Ella se clava de rodillas como si un hombre la hubiera cogido de los pelos y le hubiera puesto la cara a la altura de su pene.
ELLA: Espere, espere. Tú primero paga. Monei.
Ella atrapa unos billetes imaginarios y los guarda en un puño que permanecerá siempre cerrado.
ELLA: Desnuda. Quita la ropa. Yo a la cama.
Ella cae en la calle como si un hombre la hubiera echado de un golpe sobre una cama. Sus faldas se levantan como si un hombre buscara su sexo con ansiedad.
ELLA: Despacio. Yo darte todo. Despacio, Yak… No, tú no desnudarme, mí vergüenza… ¿te gusta que mí vergüenza?.. Yo mucha vergüenza…
El rostro de Ella se congestiona y ahoga un dolor como si un hombre la hubiera penetrado de un solo golpe. Durante un minuto su cuerpo se mueve rítmicamente desde la pelvis, como si un hombre la empujara repetidamente.
ELLA: Me gusta mucho, yak. Tú gran hombre, tú guapo, me das placer, yak.
Ella se incorpora como si un hombre la hubiese levantado tirándola desde el pelo. Queda de rodillas. Se sujeta al aire como si se sujetara a dos piernas de hombre frente a ella. Abre la boca y, empujándolo desde el cuello, comienza un movimiento rítmico de atrás a adelante. Luego se detiene. Luego aparta la cara y se sujeta un vómito con la mano.
Luego se levanta. Ordena sus ropas.
Luego permanece de pie durante más de un minuto. En su mirada se impone un gesto de asco.
Entra Una.
Silencio. Ella se sienta. Una se lleva una mano al pubis.
ELLA: ¿Te ha dolido?
UNA: No. Ya nunca te duele.
ELLA: Antes te dolía.
UNA: Ya has aprendido.
ELLA: ¿Cómo lo haces?
UNA: ¿El qué?
ELLA: Que no te duela.
UNA: El pegamento ayuda.
ELLA: A ti te duele.
UNA: A ti también te duele.
ELLA: ¿Entonces por qué dices que no te duele?
UNA: Porque no va a doler menos porque lo digas. Y las cosas que no se dicen parece que existen menos.
ELLA: ¿Si dices que no te duele ya no te duele?
UNA: Duele menos que si lo dices.
Una se sienta. Comienza a deshacerse las coletas, a quitarse los calcetines… Ella la observa, esperando que Una hable. Ella habla cuando ya no soporta el silencio.
ELLA: Se va a hacer tarde.
UNA: ¿Para qué?
ELLA: Cerrarán las tiendas.
UNA: No hay prisa.
ELLA: Si tardas mucho te lo robarán de nuevo.
UNA: Lo tengo bien escondido.
ELLA: ¿Dónde lo tienes?
UNA: Escondido.
ELLA: ¿Te ha pagado bien?... ¿Te ha pagado todo lo que le pediste?... ¿Qué ocurre?... ¿Por qué no contestas? (levantándose) ¡¿Otra vez?! ¡No digas que se ha marchado sin pagarte!
UNA: No.
ELLA: ¡¿Entonces?!
Una rehuye a Ella. Ella le coge la cara y la obliga a contestarla.
UNA: Has hecho una cosa que no apruebas.
ELLA: ¡¿Qué has hecho?!
UNA: (con un ruego) ¡No te enfades! ¡No te pongas triste!
ELLA: (encarándose con Una) ¡¿Qué has hecho?!
UNA: Le robaste la cartera.
ELLA: ¡¿Qué?!... ¡Has robado!... ¡Siendo hija de quien eres, te has convertido en una ladrona!
UNA: Era una oportunidad que no podías dejar…
ELLA: (cortándola, luchando contra su propio abatimiento) Cierra la boca. No hay excusas, ¿me oyes? Son demasiados años soportando humillación tras humillación con la barbilla alta, demasiados años pudiendo mirar por encima del hombro a cualquiera que quisiera insultarnos para tener que darles la razón ahora a todos los que nos desprecian. Porque tú, con tu comportamiento, no has hecho más que convertirte en una más entre ellos. ¿Eso es lo que quieres? ¿Quieres llegar a ser esto que ves que eres?
UNA: Esto es lo que eres.
ELLA: ¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Antes muerta! Antes olvidada por todos…
UNA: Ya lo eres.
ELLA: (reaccionando) ¡Todavía puedes no serlo. Estamos a tiempo… Tienes que devolver el dinero!
UNA: No vas a hacerlo.
ELLA: ¡Tu padre se avergonzaría de ti!
UNA: Tu padre no está aquí para ayudarte.
ELLA: ¡Devuelve el dinero! Mal está lo que has hecho, pero podemos enmendarlo. Vete, busca al hombre y dale lo que es suyo. Ya veremos luego qué hacemos.
UNA: ¡Lo necesitas!
ELLA: ¡Nunca necesitaste el dinero de nadie!
UNA: ¡Tenías hambre!
ELLA: ¡Y deberías preferir morir mil veces de hambre antes que hacer lo que has hecho!
UNA: ¡Él tiene de sobra!
ELLA: ¡Pero ese dinero es suyo y no tuyo!
UNA: ¡Él quería ese dinero para gastarlo en cosas que no le hacen falta! ¡Gana en un mes lo que ninguna de nosotras ganará en toda su vida! ¡¿No quieres ver que lo que has robado a ese hombre no es más que un dinero que le sobra como para poder gastarlo en unas vacaciones?!
ELLA: ¡No te incumbe a ti en que gaste el dinero!
UNA: ¡Sí te incumbe! ¡Claro que te incumbe! ¡Él mete su dedo en tu raja y come luego en los mejores restaurantes mientras tú te mueres de hambre! ¡Estará ahora maldiciéndote mientras se ha parado frente al cajero de un banco para sacar más! ¡Y con su tarjeta pagará la habitación de hotel donde dormirá esta noche mientras que a ti el miedo y el frío no te dejarán enlazar un sueño con otro!
ELLA: Te has degradado.
UNA: A eso te obliga la vida que llevas. La misma vida que llevan las demás.
ELLA: ¡No quieras contarte entre las otras!
UNA: ¡Eres una de ellas!
ELLA: (con una rabia dolida) ¡No, y cien veces no! ¡Para siempre, no! No te confundas, no quieras confundirte. ¡Tú no eres una de ellas!
UNA: ¡Acabas de estar con un hombre!
ELLA: ¡Porque tenías hambre!
UNA: ¡Ellas también tienen hambre!
ELLA: ¡Ellas son putas para este país de miseria! ¡Son piojosas que aprenden a ser putas apenas comienzan a andar! ¡Son putas porque ellas han nacido para este estercolero, pero tú no! ¡Tú no, ¿me oyes?! (dejando que se le escape al fin un llanto) Tú no, tú no, tú no…
UNA: (con dulzura, con una caricia) Tú sí.
Frente a frente, en un gesto simétrico, se acarician la mejilla, se miden. Ella se separa apenas. Silencio.
ELLA: ¿Qué va a pasar ahora?
UNA: No tiene por qué pasar nada ahora.
ELLA: Lo denunciará a la policía.
UNA: No lo hará. Él piensa que acaba de estar con una niña.
ELLA: Dirá sólo que mendigabas y que le robaste. Y la policía creerá mucho más al hombre que a todo lo que tú le digas. Y los policías vendrán a buscarte.
UNA: ¿Y cómo sabrá la policía que has sido tú y no cualquiera de las otras? Saben de sobra que su investigación no valdría para nada. Sólo tienes que esconder el dinero donde ellos no se atrevan a buscarlo y saber negar te hagan lo que te hagan.
ELLA: Te golpearán hasta que consigan el dinero.
UNA: Ya te han hecho daño muchas veces. No les dirás dónde lo escondes.
ELLA: Te violarán, te golpearán.
UNA: No será peor que todas las otras veces.
ELLA: Puede ser peor.
UNA: Nada puede ser peor.
ELLA: Pueden hacer que desaparezcas. No eres nadie, ¿no lo entiendes? Nadie te reclamaría, nadie denunciaría tu muerte. No serías la primera.
UNA: Ni la última.
El silencio es largo. La tregua entre ellas la firma una resignación.
ELLA: ¿Cuánto hay en la cartera?
UNA: Mucho.
ELLA: Quiero verlo.
UNA: Más del que has tenido nunca en tus manos.
ELLA: Sácalo.
Después de un pequeño reto con la mirada, Una, ocultando con su cuerpo la perspectiva desde la avenida, saca de entre la venda una cartera abultada que entrega a Ella. Ella la atrapa y comienza a contar con urgencia. Su voz se irá tornando ávida.
ELLA: Pero si aquí hay…
UNA: Ya lo sé. Lo llevaba en una bolsa que ocultaba bajo sus ropas…
ELLA: … dinero más que de sobra para que podamos vivir los próximos meses… incluso puede que llegue para que podamos comprar los billetes que…
Seca y rápida, Una recupera la cartera, vuelve a guardarla entre sus ropas.
ELLA: ¿Qué haces?
UNA: No tengas prisa por hacer planes.
ELLA: ¿En qué piensas gastar el dinero?
UNA: (evitando la mirada de ella) Te lo diré cuando lo sepas.
ELLA: Ya lo sabes… ya lo tienes pensado…
UNA: Pronto cerrarán las tiendas… ¿qué quieres cenar?
ELLA: No lo gastes en comida.
UNA: Tienes hambre.
ELLA: Guárdalo.
UNA: ¿Para qué quieres guardarlo?
ELLA: Para nosotras. Hay mucho, bien administrado podría permitirnos dejar esta calleja para siempre.
UNA: ¿Y los demás?
ELLA: ¿Qué demás?
UNA: No eres la única que come las sobras.
ELLA: Los demás no importan. Importas tú.
UNA: A ellos también los pusieron aquí, de repente, sin aviso.
ELLA: Los demás no importan. No son como tú.
UNA: Quizá sí lo sean.
ELLA: Desvarías. No olvides quién eres.
UNA: Podrías olvidar quien eras, no quien eres. Eres una de ellos.
ELLA: No vas a escucharte.
UNA: Como ellos, apareciste aquí desde la nada.
ELLA: (con violencia) El dinero.
UNA: Comprarás comida.
ELLA: Trae el dinero.
UNA: Tendrás comida.
ELLA: Tienes que regresar a Europa.
UNA: Utilizarás el dinero para aliviar en lo que puedas la tristeza que arrastramos.
ELLA: ¿Arrastramos?
UNA: Todas nosotras.
ELLA: ¡¿Compartir el dinero entre las piojosas?!
UNA: Nos puede dar un día de alegría.
ELLA: ¡Las piojosas son felices tal y como están! Ellas no lo necesitan, entienden que el único mundo posible es el mundo que conocen… sería tirar el dinero.
UNA: Se pueden comprar cosas que las alivien.
ELLA: Se lo gastarán en drogas.
UNA: Que se lo gasten en cualquier cosa que las alivie. No es tu problema en qué se lo gasten.
ELLA: ¡Sí lo es! ¡Tú lo necesitas para cambiar de vida!
UNA: Ellas también lo necesitan.
ELLA: ¡No es lo mismo!
UNA: ¿Cuál es la diferencia?
ELLA: Ellas no son más que una ralea vergonzosa a la que no puedes entender por qué quieres igualarte… Hombres, mujeres, niños… todos la misma marabunta de manos pedigüeñas, de greñas sucias… de ladronas, de putas piojosas que llevan la enfermedad en la entrepierna…
UNA: Esas “putas piojosas” aliviarían la enfermedad de su entrepierna con tu dinero.
ELLA: ¿De verdad crees que lo iban a gastar en medicinas? Se lo darían a los otros a cambio de “crak”, o a cambio de que no las peguen…
UNA: (superando un deseo de callarlo) También aliviarías la enfermedad de tu entrepierna.
ELLA: Tú no estás enferma.
UNA: Sí lo estás. Sabes que lo estás. Tu dolor en el vientre te lo dice siempre, la orina que te brota roja de sangre te lo dice, el escozor…
ELLA: ¡No! ¡Cállate! ¡No sabes lo que dices! ¡Tú estás sana, ¿me oyes?! Son las otras las que extienden la infección… las demás las que conviven con miasmas, con la suciedad…
UNA: Hace meses que necesitas un médico.
ELLA: Cuando regreses… en palacio tendrás los mejores doctores… tu padre hará correr la voz por todas las cortes europeas… Los hospitales son buenos en Europa… allí te mimarán, te cuidarán día y noche…
UNA: No vas a regresar.
ELLA: ¡Sí vas a regresar! Vas a regresar a la buena vida porque es la vida para la que has nacido.
UNA: (quieta, segura, tranquila) Se mueren.
ELLA: ¿Quiénes?
UNA: Los hombres rubios no te preguntan por tus abortos, no quieren saber cuántos hombres te han penetrado, no quieren saber qué te duele. Los otros, los que duermen en la calle contigo, no quieren saber qué enfermedades llevan prendidas a su sexo cuando te sujetan en mitad de tu sueño, y te abren las ropas, y uno después de otro se montan sobre ti pensando en su hambre, en los golpes de la policía, en el dinero de los hombres rubios… y uno tras otro te va dejando su semen enfermo… y después vamos muriendo de enfermedades que te avergüenzan, callándote los dolores para que los hombres que pagan no te rechacen, para seguir consiguiendo el dinero que se llevarán los otros.
ELLA: Tú no estás enferma.
UNA: Tú sí.
ELLA: ¡Tú no estás enferma! Estás perfectamente sana, ¿me oyes? No lo puedes ver porque te cubre toda esta mugre, porque llevas ya tantos años sin reconocerte en el espejo que ya ni siquiera sabes quien eres. Pero todo esto va a cambiar ahora que tienes dinero, ¿no comprendes? Ahora ya va a cambiar todo para siempre… Primero te comprarás las mejores telas y buscaremos al mejor sastre. Luego te lavarás, y te reirás como una niña cuando tu piel blanca brille de nuevo, y usarás un dentífrico y ya no sentirás vergüenza por tu sonrisa. Te lavarás el cabello en una peluquería en la que sólo entran las señoras que pierden la mañana en los gimnasios, y allí te peinarán y volverás a ser la mujer que eras. Y después, cuando estés vestida, y limpia, y perfumada como quien eres, entrarás en un restaurante, en el más caro, en uno con portero vestido de chambelán, con mesas llenas de velas, y desde todas las mesas te mirarán embobados todos los hombres rubios que…
UNA: (cortándola, dura) Comprarás pan blanco, y una botella de leche.
ELLA: No hará falta. Los hombres competirán entre ellos por servirte, por atenderte… por cuidarte.
UNA: Comprarás una pistola para que nadie tenga que cuidar de ti.
ELLA: No necesitarás una pistola.
UNA: Estás cansada de que te roben y te humillen los hombres que pasan hambre contigo.
ELLA: Te alejarás de ellos. Buscaremos otra calle donde los jóvenes sean todos estudiantes aplicados que usan uniforme con camisa y corbata y van al colegio acompañados por sus meninas, donde las niñas casaderas pasean cogiditas del brazo y rechazan las invitaciones de los chicos para tomar coca cola en los veladores de las terrazas…
UNA: No te dejarán caminar por esas calles. La policía te empujará hasta los arrabales, a ti y a todos los que sean como tú…
ELLA: Con esta cantidad de dinero podrás ir a cualquier parte.
UNA: No te van a dejar salir de esta calleja.
ELLA: Ahora sí, ahora tienes dinero...
UNA: No hay dinero suficiente para salir de esta calleja.
ELLA: ¿Por qué te gusta verte sufrir?
UNA: A nadie le gusta sufrir. Pero no vas a salir de esta calleja… como tampoco vas a regresar a palacio ninguna noche. Y de nada te van a servir cuando no regreses tus vestidos, ni tus peinados, ni las sonrisas de los hombres rubios.
ELLA: Tendremos el dinero suficiente. Si guardamos lo que tenemos no tardaríamos demasiado en reunir el dinero necesario para regresar a Europa. Haz la suma. No serían necesarios tantos hombres.
UNA: Europa está muy lejos.
ELLA: Los hombres rubios vienen de Europa. Y de los Estados Unidos. Podrías ir a los Estados Unidos. Si ellos vienen, tú puedes ir.
UNA: Tu tiempo también está muy lejos. Acuérdate.
ELLA: Sólo las formas cambian, pero nunca la esencia de las cosas. Tú eres europea, tu piel es blanca debajo de toda esta suciedad. En Europa no habrá hambre para ti. El hambre pertenece a este país de miseria, porque los que son de aquí, en el fondo, no quieren salir de la miseria, es algo inherente a ellos. Pero tú eres diferente, cuando llegues a Europa…
UNA: En Europa no te espera nadie.
ELLA: ¡En Europa te espera Europa! Tú no eres de esta tierra. Tú no eres culpable de ningún delito para sufrir la condena de la vida que llevas.
UNA: Europa no existe.
ELLA: ¡Europa existe! ¡Tú eres Europa!
UNA: ¡Tú eres este país de miseria! ¡Eres la que se ve en el reflejo de los escaparates de las calles bonitas! ¡Eres la que no conoce a sus padres! ¡La que sólo sabe de su hambre! ¡Y comprarás comida, y tendrás una pistola y ya nadie vendrá a robarte el dinero que te dan los hombres!
ELLA: ¡Tienes dinero! ¡Puedes irte! ¡Puedes hacer que cambie tu suerte!
UNA: No quieres entender que nunca va a cambiar la suerte.
ELLA: La fortuna te sonreirá cuando menos lo esperes.
UNA: Se te negará siempre la suerte. Eres la última escoria en este país de miseria, y serás escoria vayas donde vayas.
ELLA: Olvidas Europa.
UNA: Serás la última en Europa porque llegas a ella desde este país de miseria. De los hombres pueden aprovechar sus brazos para el trabajo, pero de ti, ¿qué pueden obtener? ¿Qué contestarás cuándo te pregunten de dónde vienes? ¿O cómo te ganabas la vida en este país de miseria?
ELLA: Puedes mentir. Inventar una vida mejor para que te respeten.
UNA: Te pedirán documentos.
ELLA: Los comprarás.
UNA: No tendrás dinero. Te lo habrás gastado en el viaje. Y tendrás qué hacer lo único por lo que un hombre va a pagarte. Aquí o allá, o donde quiera que vayas, no tendrás más remedio que seguir buscando a hombres que quieran pagar por estar contigo.
ELLA: No todas las mujeres viven de los hombres.
UNA: Las que no han nacido en esta calle de miseria.
ELLA: ¡Tú no has nacido en esta calle de miseria!
UNA: Entonces, ¿dónde has nacido?
ELLA: En casa de tu padre…
UNA: Eso no es más que un sueño.
ELLA: ¡No es un sueño! ¡Lo recuerdas perfectamente! ¡No quieras hacerme daño! ¡Sabes que no es un sueño!
UNA: Quizá no antes, pero ahora es sólo un sueño. Aquí has nacido. Perteneces a esto.
ELLA: ¡No! (se abalanza sobre Una; forcejeando) ¿Dónde lo escondes?
UNA: ¡No vas a cogerlo!
ELLA: ¡¿Dónde lo guardas?! ¡No vas a consentir desperdiciarlo de esa manera!
UNA: ¡No te acerques!
ELLA: ¡Quítate la venda!
UNA: ¡Quédate donde estás!
Ella zarandea a Una, busca entre sus ropas. Una se defiende. Finalmente, sujeta con la venda, aparece la cartera. Luchan por ella. Un fajo de billetes se desparrama por el suelo. Ella y Una se detienen. Se miran durante un segundo. Comienzan a recogerlo con urgencia, aliadas ante el nuevo peligro.
UNA: Lo van a ver.
ELLA: Vigila la avenida.
UNA: (se levanta, ausculta la bocacalle) No se ve ningún grupo.
ELLA: (sigue recogiendo dinero cuando lo haya recogido buscará dónde esconderlo) No dejes de vigilar.
UNA: Hay uno en el semáforo.
ELLA: ¿El de los pañuelos?
UNA: El que limpia los parabrisas.
ELLA: Que no note que estás vigilando.
UNA: Ha mirado hacia aquí.
ELLA: ¿Qué hace?
UNA: Sólo mira.
ELLA: Haz algo.
UNA: No sé qué hacer.
ELLA: Se va a dar cuenta.
UNA: Ya no hace caso a los coches. Mira hacia aquí.
ELLA: ¿Te ha visto?
UNA: Creo que sí.
ELLA: Sonríele… haz cualquier comentario…
UNA: ¿Qué le digo?
ELLA: Cualquier cosa…
UNA: Se va…
ELLA: ¿Se va?
UNA: Ya se ha ido.
ELLA: (parándose, seria) Ha ido a buscar a los otros.
Una y Ella se miran. Entienden que han perdido el dinero.
UNA: (conmovida) ¿Quién te cuidará?
ELLA: Nadie.
UNA: La enfermedad seguirá extendiendo sus ramas por dentro de tu cuerpo.
ELLA: A no ser que pagues a un médico que esté dispuesto a aceptar tu dinero.
UNA: Se lo van a llevar.
ELLA: Lo defenderás
UNA: Será inútil.
ELLA: Lo defenderás.
UNA: Ya no vas a comprar pan blanco, ni una botella de leche. Ya no lavarás tu cara, ni olerás a jabón…
ELLA: Todavía no se lo han llevado.
UNA: Ningún hombre de los que cenan en restaurantes te va a sacar de este país de miseria. Ningún médico con bata blanca se acercará hasta este albañal para cuidarte.
ELLA: Lo buscarás fuera. En las avenidas. Habrá suficiente para que te laves y puedas llamar a su puerta.
UNA: No te abrirá porque no tienes dinero.
ELLA: No te lo van a quitar.
Una, golpeada y resignada se dirige hacia el lugar donde Ella escondió el dinero.
ELLA: (deteniéndola) No. Esta vez no.
UNA: Será mejor si no les obligamos a buscarlo.
ELLA: No es justo. Ellos no se han expuesto para conseguirlo, no han tenido que dejar que un hombre les separara las piernas, no han tenido que…
UNA: Son como tú, pertenecen a lo que tú perteneces… También ellos comen de las sobras de los demás.
ELLA: No cojas el dinero. No vas a dárselo.
Una y Ella escuchan pasos cercanos. Se incorporan. Miran hacia la bocacalle que da la avenida.
UNA: Ya están aquí.
ELLA: Mantenles la mirada. Que no sepan que tienes miedo.
UNA: Tienes miedo.
ELLA: Que no lo sepan.
UNA: ¿Cuántos cuentas?
ELLA: No hay nadie. No es ninguno.
UNA: Siete.
ELLA: No es ninguno.
UNA: Están esperando. Te miran y esperan. Si se lo das ahora no van a pegarte.
ELLA: No.
UNA: Dáselo.
ELLA: Tendrán que quitármelo.
UNA: Son más fuertes. No puedes nada contra ellos.
ELLA: Que entren si lo quieren.
UNA: ¿Y si destrozan los maniquíes?
ELLA: No va a pasar nada por que los destrocen.
UNA: No digas eso… no vuelvas a decir eso. Te costó mucho reunirlos. Son tu última oportunidad.
ELLA: No vas a tener más oportunidades si perdemos ahora el dinero.
UNA: En la calle hay gente que camina. Aquí te golpearán hasta que se harten. Te darán con las cadenas, sacarán las navajas y se van a llevar el dinero de todas formas. Dáselo. Con tu tozudez no vas a lograr nada. No los hagas enfadar. Es mucho dinero. Se pondrán contentos. Te dejarán tranquila.
ELLA: No.
UNA: Te dejarán tranquila.
Ella mantiene una mirada casi retadora. Una la observa, mira a la bocacalle y corre hacia el lugar donde Ella escondió el dinero.
ELLA: No lo hagas.
Una encuentra el fajo. Se dispone a ir hacia la bocacalle. Ella la detiene. Una y Ella luchan entre ellas.
ELLA: (sujetándola) ¡Te digo que no! ¡Niégate! ¡No se lo van a llevar! ¡No se lo van a llevar!
UNA: (con ruego lleno de miedo) ¡No quieres que te peguen, no quieres que te arranquen las ropas!
ELLA: ¡Prefiero que te maten! ¡Que te maten si son capaces! ¡Pero no van a llevarse el dinero!
UNA: ¡Suéltame!
Una se zafa de Ella. Sale hacia la avenida. Ella observa, como Una les da el dinero. Una regresa. Ella le niega la mirada. Busca la bolsa e inhala. Después se deja caer entre unos bultos, abatida. El silencio es largo. Ella permanece como ausente, como ida. Una mira el callejón. Ausculta el cielo. Dirige su mirada hacia la avenida.
UNA: Se está haciendo la noche. Ya han encendido las farolas…. Quizá hoy.
ELLA: Hoy tampoco.
UNA: Nunca se sabe.
ELLA: Hoy tampoco. Ni nunca.
UNA: Quizá la fortuna se apiade de ti y decida sonreírte.
ELLA: La suerte no existe.
UNA: Claro que existe, si no, ¿por qué viniste a parar aquí? Tuvo que suceder algo que se te escapa, algo que no puedes comprender, una confabulación de astros, una maldición…
ELLA: Estás diciendo sinsentidos.
UNA: Estás triste por lo del dinero y por eso te niegas a escucharte, pero va a ocurrir, antes o después tendrá que ocurrir…
ELLA: Hoy ya no. De nada te valen ya hoy valen tus mentiras.
UNA: Va a ocurrir porque el orden lógico de tu vida no está aquí. Mírate… no te ignores… no te rindas…
ELLA: Déjalo. Hoy lo has perdido todo.
UNA: Volverás a comer con cubiertos de plata…
ELLA: Estás cansada de tus mentiras, y de sujetar tus esperanzas en un sueño imposible.
UNA: Con algo tienes que alimentar tu fe.
ELLA: ¿Con mentiras?
UNA: Con lo que sea. Si dejas de creer no tendrás más remedio que dejarte morir.
ELLA: Pues déjate morir entonces.
UNA: Sabes que no deseas tu muerte.
ELLA: No. Sólo deseas alejarte de tu lucha inútil por cambiar las cosas… alejarte de este cansancio, de esta suma de humillaciones… alejarte como sea.
UNA: Tienes que continuar viviendo.
ELLA: ¿Para qué?
Tras un silencio, Ella mira a Una a los ojos. Una, espoleada por la urgencia, tarda en encontrar una respuesta.
UNA: Para seguir viviendo.
ELLA: Nosotras ya estamos muertas.
UNA: No, no estás muerta… esta vida va a cambiar, saldremos de una manera o de otra.
ELLA: Duerme, descansa… mañana va a ser igual a hoy… no vas a conseguir nada…
UNA: Dormirás después del cuadro. Y entonces soñarás. Tienes que intentar tener sueños bonitos. Los mismos sueños que tuviste aquella noche. Y entonces volverás a despertarte en la vida buena.
ELLA: Nadie puede planificar qué es lo que va a soñar.
UNA: Tú lo haces.
ELLA: Y nunca sueñas lo que quieres soñar.
UNA: Inténtalo. Podría ocurrir. No es imposible que ocurra.
ELLA: Sabes que no va a suceder nada.
UNA: Inténtalo.
ELLA: (busca entre las bolsas de basura) Tienes hambre.
UNA: No quieras comer esa comida.
ELLA: No hay otra. No tienes dinero para otra.
UNA: Deberías preferir morir de hambre antes que comer las sobras de los demás.
ELLA (comiendo casi con gula, de una forma compulsiva): No está tan mala. Al fin y al cabo es la misma carne que comen los que tienen dinero.
UNA: Quizá te estés olvidando de algo importante. Piensa, piensa, piensa. Lo has repasado más de mil veces…. ¿Dónde estabas?... Estabas en el centro…. (Colocando la “escenografía”, los maniquís, el perro de peluche) A tu derecha, detrás, don Diego… custodiándote, una a cada lado, tus meninas, Isabel de Velasco y María Sarmiento…
ELLA: (fría, sin acompañarla) Todavía recuerdas sus nombres.
UNA: Todavía lo recuerdas todo… Marcela de Ulloa… Mari-Bárbola, Nicolás Pertusato…
ELLA: Falta José Nieto.
UNA: A ése ni se le reconocía…
ELLA: La puerta del fondo estaba abierta…
UNA: ¿Piensas que será por eso?
ELLA: Otras noches estuvo abierta.
UNA: Está todo. Ponte en tu sitio.
ELLA: ¿Cuál es tu sitio?
UNA: Tú en el cuadro, como aquella noche. Luego vendrás a mirarte.
ELLA: ¿No te das pena? Sabes que no va a ocurrir.
Una le quita a Ella la comida de las manos y la levanta. Ella se deja hacer. La sitúa en el centro, entre los maniquís. Mueve las articulaciones de Ella hasta conseguir el ademán exacto.
UNA: Gira un poco más el cuerpo. La cara también… Un poco más… la mano sobre la falda… la otra te la sostenía la menina… sí… así… y ahora, mírate como entonces…. No, así no… cambia tu gesto.
ELLA: ¿Cómo quieres que te mire?
UNA: Como cuando la vida era buena. Cuando naciste rubia y guapa y tus padres te querían. Cuando todo obedecía al orden natural de las cosas y los que nacieron pobres y feos mendigaban por las calles y tu padre te explicaba qué era la caridad. Como cuando tenías a tres criados y dos camareras que se ocupaban sólo de vestirte y los hilos eran siempre de oro, las sedas venían de oriente, los rasos de Italia. Como cuando la comida era siempre una fiesta. Había tanta comida que la mayor parte acababa en los comederos de los perros. ¿Recuerdas el faisán, el venado, la perdiz escabechada, el cerdo? Como cuando las jornadas de caza. Como cuando tú eras la infanta Margarita, la luz de los ojos del monarca, la alegría de la casa, y nadie osaba siquiera tocarte un cabello. Como cuando tus caprichos eran órdenes. Como la noche que te acercaste al cuadro y te detuviste ante tus ojos de cinco años en el lienzo, iluminados por tu linterna, y te viste a ti mirándote. Y supiste que mirabas diferente a todos. Que eras el centro de tu mundo y el centro del mundo de todos. Que el mundo se había hecho para tu regalo. Y te mirabas desde el cuadro sabiendo que quien te miraba era superior a ti misma, eterna como tú nunca lo serías. Sabías que todos te obedecerían, que nunca pasarías hambre, que el futuro te esperaba cuajado de días felices.
Que habías nacido para la felicidad, para una vida blanda y alegre, para la ausencia de problemas, para las alcobas barridas, para las sábanas de Holanda que huelen a jabón.
Una y Ella se miran. Esperan.
OSCURO

